sábado, 5 de diciembre de 2015

Adiós a la Luna


Nada de lo que hay en el mundo es para toda la vida. Ni en la Tierra, ni en el cielo. Hoy vamos a hablar, tras mucho tiempo sin hacerlo, de nuestro satélite, porque la distancia que nos separa de él no es ni mucho menos constante.

En la danza gravitatoria a la que juegan la Tierra y la Luna hay elementos que juegan en nuestra contra. La fuerza que ejerce la Luna provoca las mareas. Estas mareas producen un rozamiento entre sus aguas y la superficie de nuestro planeta, responsable de que la rotación de la Tierra se vaya frenando lentamente. Y si la Tierra se frena, para mantener el momento angular, la Luna se acelera forzosamente y se ve obligada a alejarse.

Con los datos que tenemos actualmente, sabemos que la Luna se aleja a razón de 3,8 centímetros cada año. Parecerá una tontería, pero si van pasando los años, los centímetros se convierten en metros, y los metros, en kilómetros.

¿Cómo podemos saber de forma tan exacta esta distancia? Gracias a las misiones que han llegado a la Luna y han dejado placas reflectoras. Apuntando con un láser hacia ellas, tras su rebote podemos saber la distancia hasta el milímetro.

Esto implica algunas cosas curiosas. Nosotros no lo veremos, pero dentro de unos cuantos millones de años, si sigue viviendo alguien aquí, no se podrán ver eclipses totales de Sol. La Luna estará demasiado lejos para taparlo totalmente. Se estima que esto pasará dentro de unos 420 millones de años.


¿Qué pasará cuando la Luna esté tan lejos? ¿Seguiremos diciendo que los que se quedan ausentes unos segundos están en la Luna?  

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