martes, 18 de septiembre de 2012

Reflexiones en el parque acuático


Si bien mi trasero se conoce a la perfección los toboganes de los parques acuáticos catalanes, ahora tenía ganas, tras un año en blanco, de volver a experimentar la sensación de velocidad aquí en Madrid. El tiempo acompañó, todo salió a la perfección e incluso lo que empezó como un juego, acabó con un profundo análisis físico de una particular situación.

Durante las primeras bajadas por los tubos nos dimos cuenta que unos bajábamos más rápido que otros. Era casi independiente de la posición adoptada durante el descenso. Allí empezó la competición. El primer tobogán que pusimos a prueba fue el que tiene más pendiente. Ese que te salpica el agua directamente de los pies a la cara y no puedes ni coger aire. El que en mi casa llamamos "Kamikaze". Siempre llegaban más rápido al final los dos que más pesaban.

La competición se trasladó a los toboganes planos. Son los que podéis ver en la foto. Ni haciendo la cucaracha, ni poniendo cara de velocidad, ni levantando el culo, ni cruzando las piernas, podía bajar yo más rápido que el resto. No les estoy llamando gordos, pero ellos pesan más que yo. Ellos tan sólo con dejarse caer iban cogiendo velocidad hasta que me adelantaban.

Tras breves charlas que teníamos al final de cada bajada, todas ellas con gran rigor físico, y siempre entre carcajadas, llegamos a varias conclusiones. La principal es que con más peso, a más velocidad se llega al final del tobogán y antes se llega la piscina. La técnica puede tener algo que ver, pero poco importa.

Así que al ser uno de los más ligeros nunca llegué a ganar ninguna bajada. ¡Menos una! La que hice trampa y me tiré antes de tiempo. Todo mi prestigio se fue por los suelos porque al llegar a la piscina no dejaron de escucharse abucheos.  

De esa visita saqué un buen bronceado y mucho dolor en el hueso del culo, también denominado rabadilla. Pero lo que no pude conseguir fue el teléfono de la preciosa socorrista que me encontré al salir. ¿Verdad que era preciosa, Pablo? Para ahogarse a propósito.

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