miércoles, 19 de septiembre de 2012

No hay dos copos iguales


Si algún fenómeno meteorológico nos apasiona, sin duda es la nieve. Y ahora mucho más. Dejamos atrás una semana donde muchos nos hemos quedado con ganas de verla, mientras otros se han hartado de ella.

De la nieve nos gusta el color, la temperatura, la textura, la forma… y precisamente sobre esto vamos a hablar hoy: la caprichosa estructura del copito de nieve. Nada que ver con el gorila albino que tuvimos en Barcelona, por cierto. 

Para que se forme un copo de nieve se necesita una partícula en suspensión. Por ejemplo, un grano minúsculo de polvo, el caso más común. En esta partícula se podrá alojar el hielo y empezar a crecer. A partir de aquí, todo sucede de forma espontánea y muy rápida. De las primeras moléculas de hielo empezarán a crecer brazos simétricos, lo que definirán la forma final del copo.

El aumento de volumen es rápido ya que el aire con el que está en contacto está saturado de agua, a una temperatura extremadamente baja, y en estas condiciones las moléculas de agua libres en la atmósfera se pegan con facilidad a los brazos. El crecimiento es simétrico en todas las direcciones debido a que las condiciones ambientales que rodean el copo son casi idénticas.

Debido a las fuerzas que existen entre las moléculas de hidrógeno, el hielo tiende a cristalizarse de forma hexagonal. De todas maneras, como todo en la vida, hay excepciones. Podemos encontrarnos alguna formación rara, o incluso asimétrica, debida a las condiciones cambiantes que se haya encontrado durante su crecimiento.

Como nuestro gorila albino, los copos son únicos. Así que cada copo que caiga en tu hombro, aprécialo porque no verás otro igual.  

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