miércoles, 19 de septiembre de 2012

Los melancólicos adoquines


El otro día salí a correr un rato por mi barrio. Me gustaría hacerlo de forma más habitual, pero siempre encuentro una excusa para no hacerlo. En una de las calles por donde acostumbro a pasar hasta llegar a un pequeño bosque, el asfalto está muy castigado. Tanto, que incluso se pueden ver los viejos adoquines semienterrados. Cada vez que paso por allí pienso en ellos y también en la cantidad de tobillos que habrán lesionado en sus años de existencia.

Los adoquines eran antiguamente trozos de piedra rectangular que los romanos empezaron a utilizar para allanar los caminos. Estaban hechos de granito, muy resistente y que permitía que la lluvia no destrozara las calles y carreteras.
Cuando empezaron a circular los primeros automóviles se puso de manifiesto que el sistema de pavimentación debía cambiar. Era incómodo y muy costoso de fabricar. Así, fue sustituido por el asfalto.

Aún hay centros históricos de ciudades que conservan los adoquines en sus calles. El aspecto que adquieren es más melancólico y trae al recuerdo, sobre todo a la gente mayor, épocas que pudieron ser mejores o peores, pero que forman parte de su vida.

Actualmente el sistema de empedrado se sigue aplicando en calles peatonales y en aceras. Si alguna vez has podido presenciar su colocación, verás que es muy lenta y minuciosa. Eso sí, ya no son de granito como antaño, sino de hormigón. Y como todo lo moderno, a la que pasan cuatro días se empiezan a romper y a moverse.  

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