miércoles, 19 de septiembre de 2012

Historias de chinchetas


Hoy, después de tanto tiempo, volvemos al mundo de la tecnología. Analizaremos un invento muy sencillo pero que sólo a un genio se le podía ocurrir: la chincheta. Se le atribuye la invención al relojero alemán Johann Kirsten en 1903. ¡Hace casi nada! Por cierto, un relojero que inventa la chincheta queda un poco raro, ¿verdad?

El uso que le damos a las chinchetas es por todos bien conocido. Otra cosa es que las utilicemos correctamente. Sólo sirven para sujetar papeles en murales de corcho, nada más. Ni paredes, ni madera. No están fabricadas para ello. Si las clavamos a la pared se nos va a caer el yeso. Si las desclavamos de la madera nos va a quedar marca. Así que recuerda, sólo para corcho.

El resto de usos que se le dan a la chincheta son inútiles pero muy divertidos. Más que divertidos, incluso traviesos y entretenidos. Jugar con ellas como si fueran una peonza, girar decenas de ellas al revés y apoyar la mano hasta quedarse con todas ellas pegadas en la mano, fregarlas con fuerza contra el suelo para quemar luego la mano de un compañero… Pero la idea más macabra de todas es la famosa chincheta en la silla. Esta se lleva la palma. En mi colegio se prohibió el uso de chinchetas por este mismo motivo. Bueno, y porque un chico se tragó una. 

La táctica era la siguiente: aprovechar que un compañero salía a la pizarra para resolver un ejercicio. Justo al volver, en el mismo instante que se iba a sentar, con toda la clase en silencio, su compañero de mesa le ponía la chincheta en la silla. La longitud del pincho parece ser ideada a consciencia para traspasar el grosor del vaquero y el calzoncillo, y pinchar de forma ligera el pompis sin provocar sangre. Si el compañero se chivaba a la profesora recibía un buen castigo en el recreo. Creo que nunca me había divertido tanto de niño.

Finalmente está la chincheta “olvido”. Nace cuando estás subido a una silla para colgar un póster, se te cae y piensas “ahora la recojo”. Gran error. Por la noche, cuando te levantas a beber agua, la chincheta se pone a andar hasta cruzarse en tu camino. Aquí sí que hay sangre y cabreo, mucho cabreo, con uno mismo. 

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