miércoles, 19 de septiembre de 2012

Coffee... ¡Chop!


Hacía ya mucho tiempo que no tocábamos un tema escatológico. Como bien dice nuestro subdirector de informativos, el señor Rivas, es un tema que gusta mucho… pero sólo a los catalanes. Lo acepto. Los chistes de pedos, culos y suegras suelen ser desagradables para gran parte de la meseta, pero en el levante nos encantan. Que se lo pregunten a Buenafuente. ¡Cómo disfruta hablando de pedos! Así que hoy vamos a analizar el poder laxante del café. Menudo marrón.

Por todos es bien conocido que después de tomar el siempre apetitoso café, el cuerpo nos pide hacer una visita al servicio. Cierto es que es laxante, pero no tanto como nos imaginamos. Hay otros factores que ayudan a que nuestro cuerpo nos pida ir de cuerpo.

La hora del día. Es un factor clave. Sólo es necesario que en tu trabajo visites los servicios muy temprano por la mañana, después de desayunar y después de comer. Aunque un día llegáramos al pacto de no tomar café, los lavabos seguirían oliendo igual de mal a esas horas. Justo después de comer, tras muchas horas de no hacerlo, sufrimos lo que se denomina un “reflejo gastrocólico”, donde nuestros intestinos empiezan a efectuar movimientos musculares cuya consecuencia es automática: urgencia de ir a defecar. A la que nos ponemos a masticar los intestinos se ponen a bailar y a hacer la ola. Que Dios nos coja confesados. Si existe, claro.

Como hemos dicho, esto sucede siempre que tengamos el estómago vacío y nos pongamos a comer. Dependiendo de la persona, la intensidad de la sensación de querer excretar puede ser muy alta o imperceptible. Cada persona lo nota de un grado mayor o menor. Claro está que no tenemos ganas de ir de vientre cada vez que comemos, pero nuestro cuerpo siempre está preparado.

El café, aparte del ligero poder laxante, es diurético. Otro motivo más para acudir al váter. Si no es por detrás, por delante, vaya. Cualquier excusa es buena para ir a ojear la revista de prensa rosa que tiene nuestra madre al lado del papel higiénico. Este último sí que juega un papel importante, por cierto.

Hay gente que se queja de que cada vez que se toma su café con leche no le da tiempo de acabárselo porque tiene que salir por patas. Es más común de lo que imaginamos. A las personas intolerantes a la lactosa les puede llegar incluso a provocar severas diarreas.   

En el próximo capítulo escatológico veremos cuál es la mejor actitud que se debe adoptar a la hora de sentarse en la taza y que vaya todo… sobre ruedas.

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