martes, 18 de septiembre de 2012

A merced del aire


Volar sin motor no es fácil. No me refiero a los vuelos imaginarios que algunos experimentan después de haber bebido o fumado, sino a los que realizamos con globos aerostáticos. Ir con estos aparatos es estar en manos de la naturaleza. Tiene su encanto.

El principio en el cual se basan estos artilugios es nuevamente termodinámico, jugando con la densidad de fluidos. El globo asciende debido a que el aire que tiene en su interior es más caliente que el que le rodea. Eso lo convierte en menos denso y le obliga a ganar altura.

Los globos de helio de las ferias, esos con caras de dibujos animados y con formas de animales, funcionan de la misma forma. El helio es menos denso que el aire y se ve empujado hacia arriba.

Pero no sólo se trata de ascender. El juego está en adivinar hacia qué dirección nos vamos a mover en el aire, y eso ya no depende de nosotros. Lo que la mayoría de nosotros desconocemos es lo peligrosa que puede llegar a ser nuestra atmósfera. Dependiendo de la altura tendremos corrientes de aire con velocidad y direcciones distintas.

Que se lo pregunten al sacerdote brasileño que con mil globos de helio quiso recaudar dinero para construir un centro de oración. Las corrientes de aire fueron tan fuertes que lo desplazaron hacia el mar, y allí se dejó la vida. ¡A quién se le ocurre!

Lo de subir en globo lo equiparo muchas veces con empezar una relación sentimental. Sabes el día que empiezas pero no sabes ni cuándo, ni cómo ni dónde va a terminar. Eso si la suegra no decide cruzarse en el camino, que en este caso... ni termodinámica, ni leches… bueno, leche sí, la que te pegas con tu novia por culpa de la suegra. 


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